Por Matías Chirom – CEO & Co – Founder BAIGUN REALTY
El crédito hipotecario volvió a ocupar un lugar central en la conversación inmobiliaria. Y aunque todavía transita una etapa de consolidación, su reaparición ya generó un impacto concreto en la dinámica del mercado.
Durante 2025, cerca del 30% de las operaciones de compra-venta se concretaron con financiamiento. El dato no es menor: marca un punto de inflexión luego de varios años en los que el acceso a la vivienda dependía casi exclusivamente del ahorro en dólares.
La señal es clara: el crédito dejó de ser marginal y vuelve a convertirse en una herramienta estructural para concretar operaciones.
Un contexto que vuelve posible el financiamiento
El regreso del crédito no ocurre en el vacío, está respaldado por una combinación de factores macroeconómicos y operativos que generan mayor previsibilidad:
- Reducción de la inflación
- Mayor estabilidad cambiaria
- Recuperación del ingreso salarial medido en dólares
- Flexibilización de restricciones cambiarias
- Procesos de aprobación más ágiles y requisitos menos restrictivos
Este escenario generó mejores condiciones tanto para los compradores como para las entidades financieras. La previsibilidad es un activo clave cuando se trata de compromisos de largo plazo.
Además, el mercado muestra hoy una mayor cantidad de departamentos en venta, lo que amplía las opciones para quienes buscan adquirir con financiamiento. A esto se suma una flexibilización en los criterios para que las propiedades sean consideradas “aptas crédito”, un punto que históricamente limitó numerosas operaciones.
La ecuación también cambió en la comparación entre alquilar y comprar: el incremento sostenido en la base de alquileres acercó el valor mensual de un alquiler promedio al de una cuota hipotecaria. Para muchos sectores de la clase media, la compra vuelve a ser financieramente competitiva en el mediano y largo plazo.
El crédito como multiplicador
Más allá de los volúmenes otorgados, el verdadero impacto del crédito es estructural. El financiamiento actúa como un multiplicador de demanda: cuando existe, el mercado se expande de manera orgánica; cuando desaparece, se contrae y se vuelve estático.
Su efecto no se limita a habilitar una operación puntual. Cada préstamo aprobado activa una cadena más amplia: incrementa la demanda genuina, consolida valores reales, incentiva nuevos desarrollos y genera empleo en la construcción y en toda su cadena de valor.
En ese proceso se produce un círculo virtuoso: mayor acceso impulsa nuevas inversiones, mayor oferta equilibra precios y el mercado gana profundidad. Lejos de generar saltos especulativos en el corto plazo, el crédito tiende a ordenar y profesionalizar la dinámica de operaciones.
¿Puede escalar el modelo?
El desafío hacia adelante no es técnico sino macroeconómico. Para que el crédito hipotecario —bancario o privado— se consolide, se necesitan reglas claras, previsibilidad contractual y estabilidad sostenida.
Si esas condiciones se mantienen, 2026 podría proyectarse como un año aún más favorable para el acceso a la vivienda propia. El crédito dejaría de ser una ventana coyuntural para convertirse nuevamente en el motor que amplía el universo de compradores y devuelve movilidad a la clase media.
Después de años donde comprar dependía casi exclusivamente del ahorro acumulado, el financiamiento vuelve a ofrecer una alternativa intermedia. Y en Argentina, cada vez que el crédito aparece, el mercado inmobiliario deja de resistir y empieza a crecer.