El entrenador no descuida ningún detalle. El partido ya terminó y la derrota 1 a 0 por ese maldito penal privó a la Selección Argentina de conseguir el bicampeonato mundial de fútbol.
Pero todo eso no importa. Lo que el entrenador busca desesperadamente es proteger a su cacique y figura, que llora sin consuelo. No quiere que lo vean en la lona los oportunistas de siempre. Por eso, le ordena al arquero del equipo ponerse delante del astro para que las cámaras no puedan captar el plano de las lágrimas del Héroe vencido.
Son las lágrimas de Roma en la noche del 8 de julio de 1990. El Estadio Olímpico de la capital italiana está repleto de alemanes -y locales también- que festejan el título de Alemania Federal. Es la tercera copa para los europeos, igual que hubiese sido para el conjunto albiceleste.
El Héroe llora y llora. La copa, su copa, está en manos de los rivales que, pese a que mostraron respeto y caballerosidad en todo momento, son los villanos de la película. ¿Acaso alguien recuerda el llanto de otro jugador?
Todo está bordado con épica, esa palabra tan justa y precisa para definir la carrera del número diez. Quizás, si no hubiese existido ese penal, la Selección hubiera tenido posibilidades en los penales, una vía exitosa y probada en Cuartos de Final y Semifinal. Sin embargo, el halo de épica no permitía finales felices. El Héroe debía terminar así. Derrotado, con uno de sus tobillos a la miseria, con una uña del pie en igual o peor estado, pero heroico, de pie frente a la adversidad.
Las lágrimas de Roma son producto de la final perdida, tal vez de manera injusta, pero definitivamente esconden algo mucho más profundo. Esas lágrimas representan el fin de una época dorada, que nunca más volverá. Después de Italia 90, el Mundial más feo y a la vez el más lindo y con mayor mística de todos, la vida futbolística –y privada- del capitán argentino ya no fue la misma. Vendrían dos suspensiones por dopings positivos, dos años y medio fuera de las canchas, “me cortaron las piernas”, parates, escándalos, idas y venidas sin fin. Un retiro no deseado en la cancha del rival de toda la vida sería su última función.
Por eso, las lágrimas de Roma expresan de manera literal el dolor de ya no ser. Atrás quedaron los malabares de Juan Agustín García y Boyacá, el paso a la popularidad de la azul y oro, los percances y algunas perlas del Mediterráneo, la gloria en el sur postergado y la cima del mundo en el Azteca. Las lágrimas no cesan, son muy concientes de lo que vendrá.
La noche en la citta eterna cuenta con un juego de luces difícil de ver en otra parte del mundo. El Héroe, que contaba con luz propia, ya no está en el campo de juego para que lo enfoquen. El entrenador ya no tiene de qué preocuparse. A partir de ahora, entra a correr el mito y la leyenda.
A 36 años de las Lágrimas de Roma, el Héroe de esa noche y de todo el Mundial de Italia 90 sigue siendo Diego Armando Maradona. Los penales de Goyco o el inolvidable gol de Cani a Brasil, probablemente, sean más recordados. Pero las lágrimas, la épica y el heroísmo son y serán del hombre que alguna vez definieron como “emocionalmente insuperable”.