El mal de la abundancia: exportar más y desarrollar menos

Vaca Muerta, el litio y el cobre pueden ser una oportunidad histórica. Pero si el país apuesta todo a esos recursos sin una estrategia clara, puede fortalecer sectores de enclave y debilitar a otros que también producen, exportan y generan empleo.

Por Facundo Ríos

La Argentina vuelve a mirar sus recursos naturales como si ahí estuviera la única salida a su crisis económica. Los hidrocarburos de Vaca Muerta, el litio y el cobre de la cordillera prometen divisas, empleo, infraestructura y una oportunidad concreta para dejar atrás décadas de restricción externa. Esa expectativa tiene fundamentos reales. Pero la pregunta que debemos hacernos es otra: ¿qué pasa si, mientras celebramos un sector que crece, el resto de la economía pierde competitividad, empleo y capacidad productiva?

Esa es la advertencia detrás del llamado mal de la abundancia, también conocido como enfermedad holandesa. La idea es simple: cuando un país recibe muchos dólares por un recurso específico, puede empezar a ordenar su economía alrededor de ese sector. El tipo de cambio se aprecia o queda artificialmente atrasado por ingresos extraordinarios de los recursos en auge; los mejores ingresos se concentran en la actividad que más renta genera; y muchos proveedores, profesionales y servicios se orientan hacia ese nuevo polo de riqueza. De esta manera, el país exporta más en un rubro y mejora su balanza comercial, pero otros sectores empiezan a quedar en desventaja.

En la Argentina, además, ese fenómeno convive con problemas propios: inflación persistente, aumentos de costos medidos en dólares, combustibles e insumos caros, caída del consumo y apertura importadora. Una pyme argentina no compite solo contra un producto extranjero más barato; muchas veces compite contra bienes fabricados bajo otras reglas laborales, fiscales o incluso con subsidios directos o indirectos de sus países de origen. Ese terreno no es parejo.

Esto no implica sostener artificialmente sectores ineficientes ni repetir modelos cerrados, como el de Tierra del Fuego, que ya mostraron sus límites. La Argentina no necesita más privilegios ni regímenes permanentes sin evaluación, como tantas veces ocurrió con esquemas mal diseñados. Necesita otra cosa: reglas inteligentes para que la apertura y la inversión no destruyan capacidades productivas que después son muy difíciles de reconstruir, mientras se cuida el uso de los recursos naturales estratégicos.

La contracara ya es manifiesta. Mientras Newmont, una de las principales empresas mineras del mundo, anunció una inversión de alrededor de USD 800 millones para ampliar Cerro Negro, en Santa Cruz, otras actividades muestran una fragilidad creciente. Ecopek cerró su planta de reciclado en General Pacheco; La Paila dejó de producir alfajores en Córdoba; Fate avanzó con el cierre de su histórica fábrica de neumáticos en San Fernando; Galeno ART entró en proceso de liquidación; Quilmes abrió retiros voluntarios en la planta de Zárate donde produce Corona; Aires del Sur atravesó una crisis prolongada en Tierra del Fuego; y Master Laja cerró su fábrica en San Luis. No son casos idénticos ni responden a una sola causa, pero dejan una señal que no podemos ignorar: la Argentina puede atraer inversiones millonarias en recursos naturales mientras, al mismo tiempo, pierde empleo, empresas y capacidades en sectores que sostienen territorio, consumo, industria y trabajo cotidiano.

El problema se agrava porque los sectores que más divisas pueden generar no siempre crean la misma cantidad de empleo que aquellos que pierden competitividad. Una economía de enclave puede producir muchos dólares y, al mismo tiempo, pocos puestos de trabajo directos en comparación con la industria, las economías regionales, los servicios o las PyMEs. Además, suele concentrar actividad en territorios específicos, muchas veces alejados de los grandes centros urbanos, mientras las zonas donde se debilitan los sectores tradicionales empiezan a sufrir desempleo, cierre de empresas y pérdida de capacidades.

El enclave es fácil de reconocer: un sector que funciona casi como una isla, con inversiones enormes, tecnología propia, proveedores importados, salarios más altos y poca conexión con el resto del entramado productivo. Puede generar exportaciones y divisas, pero no necesariamente derrama desarrollo. Si ese crecimiento convive con inflación interna, costos en dólares más altos, apertura importadora y escasa integración local, muchas actividades que ya existen y sostienen empleo empiezan a quedar fuera de juego.

Por eso, el ingreso de grandes inversiones debería ser pensado como un puente y no como un muro. Si llegan con escasa integración de proveedores locales, baja transferencia tecnológica, importaciones facilitadas y poca articulación territorial, el resultado puede ser una economía dual: un sector extractivo moderno, dolarizado y competitivo, junto a un entramado productivo nacional cada vez más frágil. No hay verdadero desarrollo si el éxito de uno se construye sobre la pérdida de competitividad del resto.

El punto también es ambiental y comercial. El mundo que demanda litio, cobre, energía y alimentos también exige trazabilidad, huella de carbono, eficiencia energética y cumplimiento normativo. El acuerdo UE-Mercosur abre oportunidades, pero también acelera una exigencia que ya existe: competir con estándares. Desde 2026, el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono de la Unión Europea entró en su fase definitiva, y el reglamento europeo sobre productos libres de deforestación comenzará a aplicarse desde diciembre de 2026 para grandes operadores y desde junio de 2027 para empresas más pequeñas. Los mercados de alto valor no compran solo productos: compran estándares.

Si la renta de los recursos no se invierte en modernizar la matriz energética, mejorar logística, fortalecer ciencia y tecnología, y financiar la reconversión productiva de PyMEs, Argentina puede conseguir dólares hoy y perder mercados mañana. El problema no será haber exportado recursos, sino haber usado mal la oportunidad.

La experiencia internacional muestra caminos muy distintos. Noruega suele aparecer como referencia no por tener petróleo, sino por haber construido instituciones para que esa riqueza no destruyera el resto de su economía: fondos soberanos, reglas fiscales, inversión en conocimiento y planificación de largo plazo. Angola, en cambio, muestra el otro extremo: abundancia petrolera, dependencia, baja diversificación y enormes dificultades para transformar renta natural en bienestar sostenido. La diferencia no está en el subsuelo. Está en las instituciones.

La Argentina ya conoce el riesgo de atar su destino a pocos productos. Durante buena parte de su historia, la economía agroexportadora permitió crecimiento, pero también dejó vulnerabilidades profundas frente a los precios internacionales, la concentración territorial y la falta de diversificación industrial. Hoy podemos repetir ese error con otros nombres: shale, litio, cobre. Cambian los recursos, pero la pregunta sigue siendo la misma: si vamos a vender riqueza natural o construir desarrollo nacional. En términos institucionales, el Gobierno apunta principalmente a potenciar sectores extractivos, con herramientas como el RIGI o con reformas que buscan flexibilizar la Ley de Glaciares, aun cuando eso pueda poner en riesgo recursos elementales como el agua.

Lo que evidencia el mal de la abundancia es la necesidad de un diálogo democrático transversal que sobreviva a los gobiernos. La estrategia productiva no puede cambiar con cada elección ni quedar atrapada entre consignas ideológicas. Debe reunir a provincias, Nación, trabajadores, empresarios, universidades, sistema científico, sectores ambientales y economías regionales. Sin ese acuerdo básico, la abundancia se consume en disputas de corto plazo y la oportunidad se vuelve frustración.

Una alternativa concreta sería avanzar hacia un Fondo de Estabilización y Reconversión Productiva. Parte de la renta generada por Vaca Muerta, litio, cobre y grandes inversiones debería financiar infraestructura, logística, transición energética de PyMEs, innovación tecnológica, reducción de costos para exportaciones con valor agregado y formación técnica. La abundancia solo sirve si se transforma en capacidades. De lo contrario, se evapora en ciclos de euforia y desencanto.

El riesgo de la Argentina no es tener recursos naturales. El riesgo es volver a creer que alcanzan. Un país que apuesta todo a exportar gas, minerales o materias primas puede obtener divisas, pero no necesariamente construye desarrollo. El desarrollo aparece cuando esos recursos permiten diversificar, industrializar, mejorar productividad, sostener ciencia, fortalecer educación, cuidar bienes estratégicos y generar empleo de calidad.

La pregunta de fondo es si la Argentina va a usar sus recursos para construir una economía más compleja o si va a convertirlos en la nueva excusa para postergar, otra vez, una estrategia nacional de desarrollo.

No dejemos de ver al resto de la economía solo para celebrar y potenciar al sector de moda. La abundancia puede ser una oportunidad histórica. Pero sin inteligencia institucional, productiva y ambiental, puede convertirse en el nuevo nombre de nuestra frustración.