Por: Mohamed Cherif, Movimiento Saharaui por la Paz (MSP)
O el debate abierto en torno a las próximas discusiones bajo supervisión estadounidense.Cada anuncio de nuevas negociaciones sobre el Sáhara Occidental provoca las mismas reacciones: miedo, sospecha, acusaciones de traición. Estos sentimientos son humanos y comprensibles tras décadas de promesas incumplidas y de sufrimientos acumulados.
Pero no pueden, por sí solos, constituir un proyecto político.Los debates abiertos por las próximas discusiones bajo supervisión estadounidense revelan sobre todo una verdad inquietante: nuestra causa es prisionera de una estrategia rígida desde hace casi medio siglo, mientras que el mundo, por su parte, ha cambiado profundamente.
Mientras los discursos se repiten, toda una generación crece en los campamentos sin un horizonte claro, dependiente de la ayuda humanitaria y privada de una verdadera opción política y económica. No se trata de una resistencia victoriosa, sino de un desgaste lento y silencioso.Rechazar todo diálogo en nombre de la pureza ideológica puede dar la ilusión de firmeza. En realidad, ello nos condena al aislamiento diplomático y al borrado progresivo de la cuestión saharaui de la agenda internacional.
El Movimiento Saharaui por la Paz defiende otro enfoque: el realismo político. Negociar no significa capitular. Significa buscar, con lucidez, transformar una relación de fuerzas desfavorable en derechos concretos para nuestro pueblo: seguridad, instituciones locales elegidas, reconocimiento de la identidad saharaui, gestión equitativa de los recursos y retorno digno de los refugiados.
El verdadero peligro no es la paz, sino la perpetuación del conflicto. Un conflicto sin perspectivas alimenta la desesperación, las divisiones internas y la pérdida de confianza en toda acción colectiva.
Hoy, el coraje no consiste solo en enarbolar consignas heredadas del pasado. Consiste en atreverse a plantear una pregunta simple y responsable: ¿cómo garantizar, aquí y ahora, una vida digna para los saharauis?
La paz no es una derrota cuando se construye con el pueblo y para el pueblo. Se convierte, por el contrario, en la condición misma de su supervivencia política y humana.