EL TREN QUE NUNCA LLEGÓ: MEMORIAS DE UN NIÑO DE LA REVOLUCIÓN

Por Yahia Alamin ,Periodista Saharaui.

Mirar hacia el pasado para comprender el presente.

Resumir medio siglo de vida no es fácil. Sobre todo cuando cada etapa daría para un libro.

  1. La célula de “El Degollado”

Era principios de 1975. Tenía trece años. Bajo la influencia de los símbolos rebeldes de la época, me integré en una célula clandestina del Polisario que dirigía Abderraham, al que todos conocíamos como “El Degollado”. Un hombre íntegro, valiente. De él aprendí las dos palabras que luego la revolución olvidaría: lealtad y sinceridad.

  1. La Hamada y el humor como trinchera

El exilio en la Hamada de Tinduf fue durísimo. Lo único que nos salvaba era el humor. Recuerdo a un dirigente decir, muy solemne: “La revolución es como un tren: tiene varias paradas, pero un solo destino”.

Un chaval de El Aaiún le contestó al momento: “Pues avísame cuando llegue la próxima parada, que me quiero bajar”.

A muchos les costó caro ese humor.

Siendo un niño, vi como encerraban a los mejores de mi barrio. A Buyema Fuetah, “Castro”, y a Sidahmed Larosi, “Pijo”. Su delito: ser “contrarrevolucionarios”. Décadas después, los mismos que los encarcelaron reconocieron que eran inocentes. Dijeron, sin despeinarse, que fueron “errores”.

Cincuenta años después la paradoja es insultante: los que ordenaron aquellas persecuciones hoy tienen riqueza, casas y privilegios. Y hombres como Castro siguen en la Hamada, ayudando a los refugiados a sobrevivir.

  1. Cuba me abrió los ojos

Mi etapa de estudiante en Cuba me enseñó la gran contradicción de las revoluciones: nacen para liberar a los pueblos de la opresión y terminan copiando exactamente las mismas prácticas autoritarias, justificando la represión en nombre de la revolución.

Por eso mi regreso a los campamentos en 1985 fue un choque brutal. Los que antes predicaban sacrificio y austeridad ahora vivían rodeados de privilegios, mientras al resto nos exigían hasta un permiso para movernos de un lugar a otro . Fue allí donde entendí hasta qué punto el tribalismo, el regionalismo y el clientelismo lo pudrían todo: cargos, ayudas, poder.

  1. 1988: Se levanta el telón

Dentro del aparato, la guerra silenciosa por el poder era feroz. Todo estalló en 1986. Argelia, con Chadli Bendjedid y el general Medjedoub Lakehal Ayat. a la cabeza, presionó al Polisario para negociar con Marruecos.Lakehal lo dijo con una claridad que nadie pudo rebatir: Marruecos no puede eliminar al Polisario, y el Polisario no puede derrotar a Marruecos. Hay que negociar.

Aquello desató la lucha final por el control que culminó en la Revuelta de 1988. Ahí se cayó el telón.

Lo que estuvo oculto durante años salió a la luz. Descubrimos que detrás de muchas acusaciones de “traidor” y “espía” solo había purgas, venganzas y abusos gravísimos cometidos en nombre de la Revolución. Ejecuciones. Torturas. Cárceles secretas sin una sola prueba. Y la justificación siempre era la misma: “la causa está por encima de todo”.

  1. La frase que lo resumió todo

El 6 de septiembre de 1992, un año después del alto el fuego, en una conferencia en Rabuni y delante de toda la cúpula civil y militar, me levanté y le dije al entonces presidente Mohamed Abdelaziz:

“Nos habéis decepcionado. En veinte años no habéis sido capaces de crear una organización política que agrupe a todos los saharauis ni de establecer una estructura tribal basada en la justicia y la equidad”.

Me miró y me respondió, seco:

“No existe en el mundo una organización tribal justa”.

Aquella respuesta no disipó mis dudas. Las confirmó todas.

Epílogo: El barco oxidado

Comprendí entonces que aquel proyecto había perdido el rumbo. No por falta de sacrificio de su gente, que lo dio todo, sino por la falta de visión y la sobra de ambición de sus dirigentes.

Lo que un día se presentó como una travesía hacia la libertad, con viento a favor y el horizonte abierto, terminó convirtiéndose en una espera infinita en medio del desierto.

Y así, más de una década después, la embarcación sigue allí. Anclada en la Hamada de Tinduf. Oxidada. Inmóvil.

No la hundió el enemigo. La oxidó el tiempo, la dejadez de sus capitanes y el peso de sus propias promesas incumplidas.

Mientras tanto, en la cubierta, todavía hay gente que cree que el barco navega.