La universidad del futuro: Un punto de inflexión histórico

La OCDE advierte que el título universitario ya no alcanza si no acredita habilidades reales. La UNESCO suma otra alarma: la educación superior atraviesa un punto de inflexión global. Argentina debe financiar su universidad, pero también animarse a discutir cómo enseñamos, evaluamos y formamos para un mundo atravesado por la inteligencia artificial.

Por Facundo Ríos

La universidad hoy se juega el futuro en un contexto de cambios globales, nuevas demandas laborales, expansión de las redes sociales, irrupción de la inteligencia artificial y una dinámica social cada vez más acelerada. Hay una pregunta incómoda que todavía no ocupa el centro de la agenda: ¿qué debe saber y hacer realmente un/a graduado/a en este nuevo escenario? La OCDE advierte que el título universitario pierde valor si no acredita habilidades efectivas, mientras que la UNESCO señala que la educación superior atraviesa una transformación global impulsada por la digitalización, la inteligencia artificial y nuevas demandas sociales. En Argentina necesitamos defender y financiar la universidad pública, pero también animarnos a discutir cómo enseñamos, cómo evaluamos y qué capacidades estamos formando para las próximas décadas.

La OCDE y la UNESCO coinciden en una misma preocupación: ampliar el acceso a la educación superior ya no es suficiente. Mientras la matrícula universitaria mundial pasó de 100 millones de estudiantes en 2000 a casi 269 millones en 2024, persisten problemas de finalización, desigualdades, restricciones presupuestarias y desafíos vinculados a la transformación tecnológica. La OCDE señala que solo el 43% de quienes ingresan a carreras de grado se gradúa en el tiempo previsto y que ese porcentaje recién alcanza el 70% tres años después. Además, advierte que tener un título no siempre implica contar con habilidades sólidas: en 2023, el 13% de los adultos con educación terciaria no alcanzó siquiera el nivel básico de alfabetización funcional. El debate ya no pasa únicamente por cuántos ingresan o cuántos egresan, sino por qué capacidades efectivas construye la universidad y cómo contribuye al desarrollo de sociedades más formadas, críticas, innovadoras y democráticas.

Ese es el debate que Argentina necesita dar. Con una aclaración indispensable: ningún país puede proyectar la universidad del futuro si sus instituciones corren detrás de salarios deteriorados, laboratorios sin recursos, gastos de funcionamiento atrasados, ciencia desfinanciada y hospitales universitarios en tensión. La crisis presupuestaria no solo afecta el presente. También roba tiempo institucional para pensar el futuro.

A pesar de la emergencia, la universidad pública argentina ha demostrado históricamente una enorme capacidad de respuesta frente a las crisis. Pero justamente por eso resulta imprescindible discutir cómo formar mejor en este nuevo contexto. Si el debate de fondo se posterga indefinidamente, cuando queramos reaccionar el mundo ya habrá redefinido qué significa enseñar, aprender, investigar y trabajar.

La primera discusión es incómoda: nuestros planes de estudio necesitan más flexibilidad. Muchas carreras siguen organizadas bajo lógicas extensas, rígidas y acumulativas, pensadas para estudiantes ideales que ya no existen y para mercados profesionales que cambiaron. No se trata de bajar exigencias. Se trata de ordenar trayectos, revisar superposiciones, incorporar certificaciones intermedias, habilitar recorridos más inteligentes y reconocer saberes parciales que también tienen valor. Existen experiencias interesantes, como el plan de Abogacía de la UBA, que permite orientaciones durante la trayectoria y contempla titulaciones intermedias. Aun así, el sistema debe generar mejores condiciones para impulsar las actualizaciones necesarias en todo el sistema.

La universidad no debe convertirse en una fábrica de empleabilidad rápida. Pero tampoco puede ignorar que las profesiones cambian, que los estudiantes trabajan, que la formación continua será cada vez más importante y que las habilidades prácticas ya no son un complemento menor. Leer críticamente, escribir con claridad, hablar en público, argumentar, investigar, interpretar datos, usar tecnología, resolver problemas y trabajar con otros son capacidades centrales. No degradan la formación académica. La completan.

Además, el valor de la universidad trasciende el mercado laboral. Una sociedad con más personas formadas es también una sociedad con mayor capacidad para comprender problemas complejos, participar en la vida democrática, generar innovación, fortalecer sus instituciones y construir desarrollo económico y social sostenible. La educación superior no solo beneficia a quien obtiene un título; genera beneficios colectivos que impactan en toda la comunidad.

La inteligencia artificial vuelve este debate urgente. Si una herramienta puede redactar un texto, resumir bibliografía, ordenar información, detectar patrones o producir una respuesta aceptable en segundos, la universidad debe revisar con seriedad qué enseña y cómo evalúa. Seguir evaluando con trabajos escritos domiciliarios, repetición de contenidos o exámenes que premian la memoria puede dejar de medir lo importante en este mudno moderno.

Por eso los exámenes orales deberían recuperar más peso. No como ritual antiguo, sino como herramienta de verificación real. La oralidad permite evaluar comprensión efectiva, solvencia conceptual, capacidad de respuesta, manejo de objeciones, claridad para defender una idea y dominio de un tema. En un mundo donde la IA puede asistir la producción escrita, la defensa oral obliga a pensar en tiempo real. En ese mismo contexto, evaluación de hablidades profesionales en simulaciones profesionales son algunas de las alternativas de evaluar en la enseñanza moderna, el desafio esta en cambiar habitos y tradiciones docentes.

También debemos revisar el modo en que evaluamos tesis y trabajos finales, especialmente en posgrado. Durante demasiado tiempo se valoró en exceso el orden formal, la prolijidad metodológica o la acumulación bibliográfica, y se interrogó menos el punto central: qué aporta esa investigación al estado del arte. Una tesis debería responder con claridad qué problema ilumina, qué discusión mejora, qué evidencia agrega y qué utilidad puede tener para la disciplina, el Estado, la sociedad o el sistema productivo.

Ese cambio no supone abandonar la rigurosidad. Supone elevarla. Una tesis ordenada, pero irrelevante, no debería conformarnos. Un trabajo con aporte real, defendido oralmente con solvencia, debería valer más que una estructura prolija sin una pregunta potente.

La universidad del futuro también debe enseñar a pensar en un contexto de información masiva. El problema ya no será acceder a datos, sino distinguir cuáles son confiables, cuáles están sesgados, cuáles sirven y cuáles confunden. La formación universitaria tendrá que preparar personas capaces de formular mejores preguntas, contrastar fuentes, construir criterios y tomar decisiones fundadas en escenarios de incertidumbre.

En Argentina, además, este debate debe esquivar las tesis simplistas. Decir que tenemos muchos estudiantes y pocos graduados describe apenas una parte del diagnóstico. No explica la gratuidad, la masividad, el deterioro del secundario, las desigualdades de origen, la inversión por estudiante ni la función social de la universidad pública. Para miles de jóvenes, el primer año universitario es también una segunda oportunidad educativa: lectura, escritura, lógica, comprensión de textos complejos, método de estudio, ciudadanía y contacto con una exigencia intelectual que muchas veces el sistema previo no logró garantizar.

Eso no niega el problema del egreso. Lo coloca en su verdadero lugar. La respuesta no puede ser cerrar puertas. La respuesta debe ser mejorar trayectorias, fortalecer tutorías, ordenar planes, acompañar mejor, exigir más inteligentemente y seguir construyendo una universidad que combine inclusión con excelencia.

La universidad pública argentina tiene historia, prestigio, capacidad científica y una función central en la movilidad social. Pero esas fortalezas no alcanzan si se administran como patrimonio inmóvil. Defender la universidad también implica transformarla. Financiarla es urgente. Repensarla es estratégico.

La OCDE y la UNESCO nos están diciendo algo parecido desde lugares distintos: la educación superior entra en una etapa nueva. Más matrícula no garantiza mejores aprendizajes. Más títulos no garantizan mejores habilidades. Más tecnología no garantiza mejor formación. El desafío es construir instituciones capaces de adaptarse sin perder profundidad.

Argentina puede dar ese debate. Debe hacerlo con docentes, estudiantes, investigadores, nodocentes, graduados/as, colegios profesionales, sectores productivos, Estado y sociedad civil. Debe hacerlo a pesar de la crisis presupuestaria porque la universidad siempre estuvo al frente de gobiernos que atentaron contra ella.

La universidad del futuro no se improvisa. Se planifica. Se financia. Se discute. Se transforma.
El desafío ya está planteado. La pregunta es si tenemos es valor para afrontarlo.