La cultura del “Que me importa”

Hoy vivimos inmersos en un caos casi ciclotímico, donde las mentes no razonan ni habitan un presente que podría ser maravilloso, sino que participan de un circo fatal en el que la inmediatez se vuelve hija de la estupidez.

Asistimos, sin demasiada reflexión, a cómo niños son arrojados por sus propios padres al desencanto de una protección frustrada, no ya por necesidad, sino por efímeras fotografías en redes sociales. Allí, la falacia del hombre moderno se agota entre médanos, ostentación y dinero, mientras su adicción a la búsqueda del “más” se acrecienta de manera voraz.

Un mundo que, como decía aquel lúcido observador Discépolo, parece haber perdido el pudor, la ética y la vergüenza…

No podemos ni debemos engañarnos a nosotros mismos en esta vida líquida, frágil y sin fundamentos sólidos. Cuando nuestras bases son solo el presente, ante la mínima dificultad colapsamos… o, peor aún, dejamos que la bronca nos domine, matando; y no por amor.

No intento dar sermones; no soy quién para hacerlo ni estoy en condiciones. Solo soy un observador periférico desde donde, a veces, intento vivir una vida y preguntarme: ¿dónde nos rompimos? ¿Quién nos agitó el frasco para devorarnos con tanta vehemencia y soberbia, creyendo que ser campeones de todo nos hace, en realidad, ser perdedores de todo?

¿Dónde el bien funciona tan mal y el mal tan bien?

La respuesta no deberíamos buscarla en la culpa externa, sino en la retórica interna, donde la norma de la ética parece invitarnos a pisar cabezas y sentirnos poderosos frente al propio flagelo de la indiferencia cotidiana.

En ese contexto surge la paradoja del argentino: lo tiene todo y lo pierde todo, pero, colgado del alambrado, alentando, parece capaz de todo.

Estas son las bases de mi primera columna. La crítica debe sostenernos en mejorar, no en la ofensiva doliente del ego herido. Tal como sostiene Ricardo Gines García, el motor del conocimiento está en reconocerse como un ignorante, en contraposición del sabelotodo que cree saberlo todo.

Y si bien vivimos en un país de muchos opinólogos y de muchos licenciados en “cosas”, no pierdo la esperanza de que algún día despertemos y podamos creer en el otro… y no solo en el potencial que no aprovechamos.

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