Del bosque costero a Europa: el emprendedor que exportapiñones desde Claromecó

Con más de 30.000 árboles implantados, tres exportaciones
consecutivas de 6.000 kilos y un mercado internacional con
precios que alcanzan los 100 euros por kilo, un emprendimiento
forestal en Claromecó posiciona al piñón argentino como una
alternativa productiva estratégica para el Cono Sur.
Desde un pequeño pueblo de la Costa Atlántica bonaerense, un
ingeniero forestal convirtió una plantación sobre dunas en un
proyecto exportador que hoy abastece al mercado europeo. Con
producción 100% artesanal y visión a largo plazo, Alejandro
Camporini apuesta al piñón como nuevo fruto estrella del Cono
Sur.
En Claromecó, localidad balnearia de apenas 2.500 habitantes en
el partido de Tres Arroyos, el sonido del mar convive con otro
paisaje menos conocido: un extenso pinar plantado sobre dunas
que hoy posiciona al pueblo en el mapa internacional de los
fruTos secos.
“Allí planté yo cada uno de estos pinos”, dice Alejandro
Camporini, ingeniero forestal egresado de la Universidad
Nacional de La Plata, mientras recorre la estación forestal que
ayudó a forestar a fines de los años 90. Fueron 6.000 ejemplares
de Pinus pinea, el tradicional pino piñonero de copa en forma de
paraguas que produce uno de los frutos más valorados del
mundo gastronómico: el piñón.

Lo que comenzó como un recuerdo de infancia -juntar piñas con
su abuela y pelar semillas a martillazos para el pan dulce y el
pesto- se transformó en una apuesta productiva de largo aliento.
Tras años de intentos fallidos de otros productores, en 2023
Camporini logró concretar la primera exportación argentina de
6.000 kilos de piñones a España. La operación se repitió en 2024
y 2025 con volúmenes similares.
La producción es tan artesanal como desafiante. Entre mayo y
octubre, las piñas se cosechan a mano, trepando árbol por árbol
con una vara con gancho en la punta para hacerlas caer. Luego se
acopian y, durante el verano, se secan naturalmente al sol hasta
que se abren. Una máquina separa la semilla y finalmente se
obtiene el piñón.
“De 100 kilos de piña salen apenas dos o tres kilos de piñón
pelado listo para consumir. Por eso es un producto costoso y tan
valorado”, explica el emprendedor. En Europa, el kilo de piñón
puede alcanzar entre 70 y 100 euros, ubicándolo entre los frutos
secos más caros del mercado.
La calidad del producto argentino ya fue reconocida por el
mercado español. Agustí Nogueras, empresario del sector en
Cataluña y primer comprador de la producción de Claromecó,
destaca que las características organolépticas son equivalentes a
las europeas. Además, señala una ventaja estratégica clave:
mientras Europa enfrenta desde los años 90 la plaga del
Leptoglossus occidentalis, que redujo drásticamente el
rendimiento de los pinares, Argentina aún está libre de ese
insecto.
En un contexto global de escasez y demanda insatisfecha, el
Cono Sur aparece como una región con enorme potencial
productivo. Chile ya trabaja en la intensificación del cultivo, y

especialistas internacionales coinciden en que el hemisferio sur
puede convertirse en un nuevo polo exportador.
Sin embargo, el piñón no es un cultivo de resultados inmediatos.
Un plantín tarda entre uno y dos años en desarrollarse; luego se
foresta en invierno y recién a los ocho, nueve o diez años
comienza a dar sus primeras piñas. Es una inversión que exige
paciencia y visión de futuro.
“Quizá ya no pueda subirme a los árboles como lo hago ahora.
Esto lleva tiempo y tal vez no llegue a verlo. Pero que la
producción evolucione y que se siga plantando, aunque sea sin
mí, sería un sueño”, reflexiona Camporini.
Desde un pequeño pueblo costero donde la economía gira en
torno al turismo y la pesca artesanal, este proyecto abre la
puerta a una nueva matriz productiva basada en el bosque, el
valor agregado y la exportación. Del pinar a Europa, el piñón
argentino empieza a escribir su propia historia.