Al sur del río Sena, este barrio parisino es una postal de bohemia, arte y cafés históricos donde también descansan los restos de Julio Cortázar, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre otras figuras destacadas.

Por Nicolás Fresco (nmfresco@gmail.com)
Cualquiera que lo busque, encontrará que al monte Parnaso -sitio emblemático de Grecia- se lo conoce como el hogar de las musas, el rincón donde la poesía y el arte viven todos los días del año. Quizás, alguna de esas mencionadas musas inspiró a Joaquín Sabina a componer la letra de La del pirata cojo, una de sus canciones más populares donde uno de sus versos reza “Al Capone en Chicago, legionario en Melilla, pintor en Montparnasse”.
Más allá de los significados, las inspiraciones y la magia del cantautor español, el barrio parisino de Montparnasse cuenta con brillo propio que se mezcla entre pinceles de bohemia, cafés repletos de historia y un pasado de grandes artistas que pasaron por sus calles, como Salvador Dalí o Pablo Picasso.
Inicio desde el Arco del Triunfo
Al llegar a París, por más que sea la enésima vez, es prácticamente irresistible no pasear por la majestuosa avenida Champs Elysees y terminar el recorrido en el Arc de Triomphe. La Torre Eiffel es la imagen de París, pero el Arco del Triunfo -así se dice en español- es el corazón de la ciudad.
Una vez contemplado el suspiro que despierta estar aquí, la mejor opción para ir a Montparanasse es tomar la línea 6 del metro en la estación Charles de Gaulle Etoile, ubicada sobre la elegante avenida Wagram en su intersección con la rotonda que bordea al mencionado arco.
Tras pasar cual topo por debajo de la tierra, antes de cruzar el Sena, el metro vuelve a la tierra para, además de dejar una postal maravillosa sobre el legendario río, atravesar varias estaciones separadas por muy corta distancia hasta alcanzar la estación Montparnasse.
Dicha cabecera presenta un movimiento de gente similar al de Constitución o Retiro (Buenos Aires), con un ritmo que parece no terminar nunca. Quizás este sea el motivo de su estructura grande y moderna, repleta de shoppings, restaurants y librerías, entre diferentes sitios de interés. Para aquellos que deseen combinar con otras líneas de metro, las líneas 4, 12 y 13 se prestan para la ocasión.

El lado B de la Torre Eiffel
No representa la arquitectura refinada de París, ni mucho menos cuenta con el glamour y la fama de la Torre Eiffel. Sin embargo, al salir de la estación Montparnasse, la Torre homónima asoma imponente e invita a ir por algo más que la ñata contra el vidrio.
Más allá de su opulento tamaño, la tour mantiene su status de tapado, de secreto parisino. Así lo confirma la corta y rápida fila para subir al piso 56, parada donde se obtiene el ticket para pasar y ver la ciudad detrás de los cristales y tomarse un café con un típico croissant.
Pero ahí no termina la aventura edilicia. El pase -sólo se paga con tarjeta y cuesta 23,5 euros los domingos y 22,5 el resto de los días- te permite subir tres pisos más por escalera hasta la terraza.
Llegar hasta el rooftop de la tour es un espacio que bien podría ser el playroom de una casa con asientos estilo puff pero de material duro. Todo muy amplio y relajado, sin tanta gente, ideal para disfrutar del lugar y contemplar la ciudad de la luz desde las alturas. La terraza también ofrece un rincón cholulesco para sacarse una foto con el corpóreo de letras de París y un corazón de acompañante.
En la torre hablan francés e inglés, pero también hay personas de seguridad que también dominan el portugués, como Irina, una encantadora joven de Porto Alegre, que lleva un puñado de años viviendo en la capital francesa.

Por el boulevard de los sueños históricos
Al salir de la torre, recomendamos salir hacia la derecha por la Rue de L’arrivée-por esta calle se ingresa a la tour– hasta la intersección con el Boulevard de Montparnasse, la principal arteria del barrio. Llegar hasta aquí es encontrarse con el punto más neurálgico.
Al salir de su clase de natación en el Ville de Paris Center Sportif, Guillaume, un parisino que oscila entre los 35 y 40 años, cuenta que el barrio tiene una mística diferente a cualquier otra parte de París y además hace hincapié en el histórico bar Chartier, abierto desde 1896. “Está abierto todos los días y a toda hora. El Chartier siempre te va a hospedar”, asegura Guillaume.
Tomar una café en el Chartier no es una misión imposible: el expreso cuesta 1,9 euros y 2 el té. Para comer, hay una buena variedad de platos -al igual que los vinos- que no superan los 14 euros. Se aconseja reservar con anticipación porque hay largas colas para entrar.
El sueño del poeta que se sienta a imaginar en el Chartier queda atrás para continuar por el Boulevard Montparnasse. La elegancia del camino -con veredas anchas, por supuesto- se cruza en una esquina con Hipopotamus -una tradicional cadena de restaurantes desde 1968-, motos y bicis, edificios con el típico balcón francés y un clima más que agradable y familiar. También se ven jóvenes, adultos mayores y muchas familias.
Si bien, el estilo de París tiene fama de ser glamoroso, el boulevard se permite darle lugar a Burger King, locales de comidas rápidas y hasta un puesto callejero donde venden crepes. Además, se levanta algo tímida e imperceptible la otra Notre-Dame. En este caso, es Notre-Dame des Champs, con la peculiaridad de que uno de sus ingenieros fue Gustave Eiffel, el mismo que construyó la famosísima Torre Eiffel. No tendrá la impronta de la clásica Notre-Dame, pero su diseño no tiene nada que envidiarle.
Un buen final para el Boulevard Montparnasse es ver una película en el UGC Rotonde -decorado con el clásico cartel rojo, digno de Avenida Corrientes, y cerrar la jornada con un aperitivo en el Café Rotonde.

Sartre, de Beauvoir, Cortázar y demás ilustres
La rue Delambre desemboca en otro boulevard: Edgar Quinet. Y nada mejor que llegar hasta aquí un Dimanche (domingo en francés) porque este es el día en el que se lleva adelante La Marché de la Création, una feria al aire libre donde diferentes artistas exponen pinturas, acuarelas, grabados, murales y artesanías, entre otras fantasías. De ahí lo de “… pintor en Montparnasse”.
A unos pequeños pasos, siempre sobre Quinet, se puede entrar al Cementerio de Montparnasse. Por supuesto que visitar un lugar con estas características no representa un plan súper alegre, pero, así como el de Recoleta es una auténtica obra de arte, el de este barrio bohemio y de artistas presenta la curiosidad de observar donde descansan los restos de figuras importantes del siglo XX.
Apenas se ingresa, a la derecha, se encuentra la tumba de Jean Paul Sartre junto a su mujer, Simone de Beauvoir. Ambos reposan en la misma sepultura, toda una declaración de principios y de unión.
Más allá de la filosofía y el existencialismo, las tumbas de la gloria continúan, a modo de rayuela, con los restos de Julio Cortázar. Muy cerca descansan otros héroes latinoamericanos de las letras como el mexicano Carlos Fuentes o el peruano César Vallejo. También hay espacio para la política, como el mexicano Porfirio Díaz o el francés Jacques Chirac, ambos presidentes de sus respectivos países.

La vida sigue y para terminar la expedición a Montparnasse, no se puede obviar pasear por la rue de la Gaité, una callecita angosta, refugio de la bohemia que el barrio emana desde sus orígenes. Petit -y encantadores- cafés, restaurantes vietnamitas o de la India, pequeños teatros y hoteles donde el lujo no pasa por la cantidad de estrellas, sino por la experiencia de dormir -y sobre todo vivir- en el lugar indicado. Los pintores, poetas y demás artistas abandonan sus plumas y se echan a andar para retratas nuevas historias. Así también lo hacen los viajeros. Montparnasse también es París y después de tomar uno y otro café se puede continuar la exploración de la capital francesa por los Jardines de Luxemburgo, a muy pocas cuadras, pero eso ya es otra historia.